Dicen los viejos que, en Fresno, Tolima, cuando los arrieros salían con sus mulas y cargamentos, tan importantes como el rumbo,era llevar a un mozo joven, conocido como “el sangrero”.
No era arriero por oficio, sino cocinero por naturaleza, experto en encender fogones a la orilla del camino, bajo las estrellas de la montaña. Cada jornada traía consigo la promesa del “chupao”, un manjar de resistencia y tradición.
Cuando el sol se inclinaba, los arrieros armaban el campamento y el sangrero se volvía mago, revolviendo con cuchara de palo el arroz y las carnes, dejando que los aromas se mezclaran con las historias que se contaban alrededor del fuego. El chupao, servido caliente en hojas de bihao, era el abrazo de la montaña: alimentaba el cuerpo, animaba el alma y sellaba la hermandad de la ruta. Así, en cada cucharada de chupao vive fresco el recuerdo de aquellos hombres y ese joven sangrero, guardianes de los secretos del fogón y portadores de la identidad tolimense. El chupao no era solo comida: es canción, es reunión, es leyenda viva, viajando entre montañas, envuelto en vapor y aroma, tal como lo hicieron los arrieros hace tantos años.